Premios que disgustan

Lo normal es que un premio no se rechace. Suele haber razones excepcionales tras una medida como esa. Muchas veces, ni siquiera cuando la polémica es brutal. Ha habido ejemplos muy recientes de esto último y, de hecho, es una magnífica tradición que tras la concesión del Nobel de Literatura se monte el pollo.

Ahora tocaría hablar de lo que ha hecho Javier Marías que, claro, es lo que lleva a abrir esta entrada. Pero (todavía) no; esperemos solo unas líneas más. Tampoco voy a hablar de Mo Yan, el último Nobel, ni de la que se ha liado con Bryce Echenique con el FIL. Lo que me interesa de verdad es la frase de “el Estado no tiene por qué darme nada por ejercer mi tarea de escritor”.

¿Es así realmente? Es cierto que el gobierno no tiene que darle nada, ni a él ni a nadie, solo por su trabajo -es su elección, su camino vital- pero hay un elemento de promoción de la cultura que es esencial. Muchos premios están motivados por intereses comerciales: tal o cual editorial busca un producto (una obra o un autor, tanto da) que responda a sus legítimos estudios de mercado. Otros están motivados por darle lustre al nombre de una ciudad, una fundación o lo que sea. Los premios Nacionales de literatura, cómic, ensayo, etc., con sus kilométricos jurados, deberían estar un poco por encima de esas cuestiones. Yo me mantendré cándido en mis observaciones y me limitaré a decir que son preocupatemente mainstream siempre, incluso cuando de repente quieren ir de alternativos.

Así que, bueno, sí, quizá el Estado sí tiene que realizar este tipo de reconocimientos y lo tradicional es que vayan acompañados de dotación económica. La cuestión radica en que esto no hay que compartirlo y es tan legítimo indignarse porque lo que un jurado cualquiera no coincide con nuestros gustos completamente personales (porque cada uno tiene su opinión y punto) como decirle a ese jurado que se lo meta donde le quepa.

Anoche Vicente Luis Mora ya señalaba en Twitter que las reacciones han sido tremebundas. Muy posiblemente se iba a dar caña con independencia de las decisiones que el autor hubiera tomado. Bueno, también me parece legítimo darle caña, pero es cierto: no había salida posible por la polarización y las posiciones irreconciliables. Este es uno de los tuits a los que hago referencia:

Llegados a este punto, podemos preguntarnos a dónde va esta entrada del blog. Pues bien, a ningún lado. Hay polémicas estériles, “convulsiones” que no van a ningún lugar, y la de ayer fue una de ellas. Un tipo ha tomado una decisión -quizá los argumentos que ha expuesto para tomarla no nos parezcan convincentes en algunos puntos- que es totalmente personal, y punto.

Un pensamiento en “Premios que disgustan”

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