¿Queremos un Spotify de los libros?

Una de las expresiones vinculadas a los nuevos modelos de monetización de la cosa esta de escribir (a la que, por cuestiones de comodidad, llamamos literatura) que más se repitió durante el año 2011 tuvo como ejemplo principal el modelo Spotify. Eso y las muchas especulaciones en torno al desembarco de Amazon -y, por consiguiente, del Kindle- en España.

SpotifyEl modelo Spotify es el que implica una suscripción para acceder a un catálogo de contenidos sobre el que se tiene barra libre, si bien no se trata de un acceso por descarga y posesión de los mismos, sino a su reproducción desde internet mediante tecnología de stream. Estos servicios incluyen en muchas ocasiones una modalidad gratuita (Spotify lo hace) con algunas limitaciones, como el tiempo de música -en este caso- que se puede escuchar como máximo o la inclusión de publicidad que convive con una suscripción (mensual, trimestral, anual…) en la que se obtienen ventajas adicionales que incluyen típicamente la eliminación de la publicidad y el acceso a los contenidos sin límites. Se trata de políticas freemium que vemos extendidas también cada vez más en videojuegos masivos en línea, donde hay opciones de pagar por contenidos sueltos que nos interesen de manera especial o bien hacer frente a una suscripción de carácter regular.

El otro modelo posible sería el iTunes. En este caso no se paga por un acceso a los contenidos que no se poseen, sino que un elemento completo (como un disco musical) se descompone en la posibilidad de comprar canciones sueltas. En este caso, sí nos convertimos en poseedores de ese elemento. Lo mismo se puede aplicar a series de televisión, donde podemos comprar un capítulo concreto de una temporada determinada. O alquilarlo, por supuesto. O llevar el modelo de suscripciones al cine y la televisión como sucede en modelos de negocio específicos de vídeo al estilo Netflix, sin que eso implique excluir el alquiler o la compra digitales, ni mucho menos.

Estos sistemas implican métodos fáciles, cómodos y sin complicaciones excesivas  para obtener contenidos culturales de entretenimiento pasando por caja. Cuanto más fácil y cómodo sea pagar por algo, más consumidores estarán dispuestos a hacerlo. Pero cuando piratear algo da menos dolores de cabeza que comprarlo, o directamente en tu mercado no se ofrece esta posibilidad, ya sabemos lo que pasa. Sin embargo, las empresas tienen una fuerte tendencia a quejarse de la piratería (con o sin razón) pero se muestran incapaces de plantear alternativas para satisfacer a todo el público que no tendría problemas en pagar si se les diera un servicio de calidad.

Con todo, si la excusa de señalar a la piratería sirve para que la industria del libro -y cualquier otra- se anime a aceptar que hay modelos más que viables de negocio en el sector digital (siempre y cuando se cumplan unos mínimos de seguridad, comodidad y precios no abusivos), a mí personalmente ya me vale.

Uno de los grandes impulsores del modelo Spotify en el terreno de la lectura ha sido 24symbols, aunque Planeta apuntó en su momento a hacer algo similar en un proyecto gestionado desde la división digital de El círculo de lectores. Que se quiera asociar a esa marca posiblemente dice más de lo que pensamos sobre la realidad que le espera al proyecto, en caso de materializarse; en realidad, tanto como que luego la URL huya abiertamente de ella: Booquo.com. En cualquier caso, son sistemas que podríamos denominar como lectura por suscripción. Y puesto que Booquo nace hoy mismo, habrá que darle un tiempo para ver cómo progresa y madura, ya que, después de todo, el respaldo editorial que tiene a sus espaldas no es en absoluto desdeñable.

El modelo aplicado por la ya citada 24symbols merece ser expuesto con cierto detenimiento. A nivel tecnológico se aplica una filosofía que está destinada a dar buenos resultados: emplear estándares y recurrir al HTML5, dejando de lado aplicaciones específicas, Flash y cualquier otro complemento. Esto garantiza la interoperabilidad del sistema en ordenadores, tabletas Android y en iPad, y, en definitiva en cualquier aparato que cuente con un navegador relativamente moderno. Es el proceso lógico para permitir una lectura en línea interpantalla e interplataforma, y la vía a seguir en un mundo en el que las pantallas (así, en plural) son un hecho.

Su sistema nos permite leer múltiples libros de su colección de manera gratuita. Es capaz de recordar hasta dónde llegamos y así retomarla en el mismo punto más tarde e incluso en otro dispositivo. Esto lo equipara en este terreno a la lectura interplataforma del Kindle y su sincronización (entre lectores Kindle, lectura en web, lectura en aplicación de iPhone y iPad, y lectura en aplicación de ordenador), por lo que ya sabemos que resulta muy cómodo. Sin embargo, la lectura está encadenada a la disponibilidad de conexión a internet y a la exposición a publicidad. Esto desaparece si somos usuarios suscriptores de pago (en vertientes mensual, trimestral y anual), lo que elimina esos inconvenientes, aporta algunas funciones más y, sobre todo, nos da acceso a varios libros que no están disponibles para todos los usuarios.

Así se consigue, en un movimiento de mercadotecnia heredado también de algunos servicios freemium en otros sectores de entretenimiento, tentar al usuario con servicios añadidos y ventajas adicionales. Entendemos que los libros no disponibles para todo el mundo son novedades y que gradualmente el catálogo va haciéndolos disponibles para todo el mundo, dando paso así a novedades de acceso restringido a suscriptores de pago.

El modelo resulta conveniente en la medida en que un lector ávido puede encontrar un buen surtido de libros de todo tipo para leer, incluso best-sellers que pueden ser atractivos y no precisamente pasados de moda (al menos, así me lo parecen a mí; quizás los seguidores de las novedades editoriales no estén de acuerdo con esta afirmación). Además, el lector puede usar las funciones sociales para recomendar lecturas, o bien ver qué recomiendan los otros para decidir qué va a leer a continuación. Se diría que solo le falta una endiablada integración en Facebook, aunque es posible que esto ya esté planeado. Al fin y al cabo, es bueno para la visibilidad del servicio y si la gente no tiene problema en bombardear la red social con lo que escucha en Facebook, o qué noticias ha leído a través de su agregador, ¿por qué no haría lo mismo con los libros que lee?

Las editoriales deberían analizar, sin embargo, la conveniencia de estos servicios. Otras industrias, como la musical, la han abrazado, aunque en ocasiones a regañadientes. Puede ser significativo, con todo, el caso del popular grupo Coldplay, que ha retrasado su llegada a Spotify unos tres meses ante el temor de que su presencia en el servicio perjudicara sus ventas. Aunque la tentación es preguntarse por qué no se tiene ese mismo miedo en lo relativo a la radio o los canales de televisión musicales, lo cierto es que en esos sectores no se ofrece todo el disco de una vez, sino canción a canción, single a single, replicando un veterano modelo publicitario.

Una editorial, o un autor independiente, podría -si se oferta esta opción, e intuimos que así es- retrasar su desembarco en servicios de lectura por suscripción o bien ofrecerlo solo a suscriptores de pago, ya que es de suponer que se aplica un sistema de retribución a la editorial por porcentaje de suscriptores e incluso podría extrapolarse una cuota mayor de beneficios en función del volumen de lectores de un lector o catálogo concretos. Es un modelo de royalties que funciona en videojuegos y software de productividad con no demasiadas diferencias. Por supuesto, esta última opción implicaría buscar mantener una continuidad con respecto a los ingresos por venta de unidades (en este caso, venta de libros) e iría en claro detrimento de las pequeñas editoriales o de los autores independientes.

Me parece interesante, por tanto, destacar un párrafo del documento en el que desde 24symbols se explica el funcionamiento general del servicio y la filosofía que hay tras el mismo:

¿… y qué ocurrirá con los autores? Que seguirá obteniendo una compensación justa por su trabajo y por su éxito, pero abandonando el concepto obsoleto de la copia. El autor tendrá a su disposición los datos exactos de páginas consumidas de sus títulos. Deberán renegociar su remuneración como un porcentaje de los ingresos totales obtenidos por la editorial sobre los títulos que edita, en base a ese número de páginas consumidas. Y deberán empezar a experimentar las nuevas formas de interacción con los lectores que 24symbols hará posible.

En el fondo, diría que no hay tanta diferencia entre obtener ingresos por la venta simple y directa de una unidad material (un libro) y llevarse un porcentaje por la atención captada en un servicio de suscripción de un libro (cantidad de páginas consumidas). Habría otras maneras de negociarlo, y quizás soy pesimista en este punto concreto, pero diría que las editoriales cambiarían la sistematicidad de las ventas de libros por la de las páginas leídas. Al fin y al cabo, los escritores negocian el porcentaje que se llevan de cada libro en función del éxito de su anterior creación y esto no sería tan diferente.

Tampoco puede esquivarse o eludirse por completo la transparencia del éxito e impacto que genera un libro entre la comunidad de usuarios de un servicio de suscripción de lectura de libros. De hecho, es deseable esta transparencia por la que se facilitan los datos reales de impacto de un libro e incluso daría información muy interesante: los lectores que abandonan mi libro, ¿en qué capítulo lo hacen? ¿Se lee rápido y seguido o poco a poco y espaciado en el tiempo? Y un largo etcétera. Es información que, insistimos, podría desvelar aspectos clave para el autor.

Por otro lado, este modelo de lectura por suscripción prescinde de una alternativa que podría ser muy útil: la compra por entregas. El modelo de negocio es viejísimo y precisamente por eso sabemos que es viable. Más allá de una suscripción como la planteada, sigue faltando un modelo tipo iTunes en el que comprar un libro por capítulos, o incluso la colección de las obras completas de algún autor seleccionando las partes que queremos, de la misma manera que puedo escoger qué canción de qué disco me compro. Una novela, una obra de teatro, y muchos géneros más, no tienen sentido si solo leo algún capítulo suelto, desde luego, pero sí sería factible en libros de cuentos, poemarios, etc.

Porque seguimos, en el fondo, tratando el libro como un todo, como objeto unificado, cuando el paradigma digital nos permite olvidarnos de verdad de esa entidad física y adaptar los modelos de monetización al contenido real. El modo de comercializar un libro de poemas no tiene que ser el mismo que se emplea para una novela y, sin embargo, lo es. Sobran voces defendiendo la unidad artística del poemario frente al atomismo del poema, pero también ha habido grupos musicales que han hecho lo propio con su disco y normalmente no se les ha hecho ningún caso (con notables excepciones).

¿Son aberrantes esos potenciales modelos de venta de lecturas? Es muy posible que lo sean para muchos, y a mí mismo no me gustan en exceso, pero me parecen experimentalmente interesantes y creo que hay opciones de viabilidad, sobre todo en nuevos paradigmas de creación literaria en los que un escritor ya no escribe necesariamente una gran novela o una compilación de cuentos que obligatoriamente sume 300 cuartillas, sino que escribe un cuento, solo uno, redondo, bien formado, y directamente lo vende. Es un elemento autónomo que no se apoya en otros para conformar un libro porque el libro, en sí mismo, no necesita existir y se monetiza una escritura que hasta ahora apenas ha encontrado salida. Porque, en todo caso, no se trata de imponer, sustituir o destruir modelos, sino de sumar, crear y abrir campos que generen nuevas oportunidades y posibilidades para la escritura y la lectura.

5 pensamientos en “¿Queremos un Spotify de los libros?”

  1. Creo que el modelo Spotify está bien si se usa como una plataforma para ser conocido y que te reporta unos ingressos mínimos.
    El sistema debería acompañarse de ediciones en papel, actos, conexiones con el autor…

    Estupendo post!

    1. Es interesante lo que dices, me gusta sobre todo lo de “actos, conexiones con el autor”, porque se vincula también mucho con esa comparación con el mundo de la música que se establece en el momento en que mentamos a Spotify.

      Los escritores -al menos, los de cierto éxito- están lejos de los lectores, como los músicos -al menos, los de cierto éxito- están lejos de las salas de concierto. Se convierten en grupos de laboratorio (es decir, de sala de grabación, con conciertos contadísimos), y parece que les molesta tener que ir a hacer bolos para ganar dinero contante y sonante. Se les escapa sin excepción cada vez que les entrevistan, que ya no venden como antes y tienen que ir a dar conciertos para compensar en vez de estar rascándola en el sofá.

      Pues los escritores quizá tengan que buscar ese planteamiento: hacer esos bolos, recuperar ese contacto con el público, ir a firmar más libros y moverse más. Creo que a sus lectores les encantaría.

      ¡Saludos!

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