Parque tecnológico y segunda mano

El precio de los productos tecnológicos se degrada a una velocidad asombrosa y hay muy pocos casos de marcas u objetos de este sector que resistan mínimamente la devaluación casi obscena del mercado. No deja de ser lógico, si tenemos en cuenta que son dispositivos que avanzan a gran velocidad en todos sus aspectos: velocidad del procesador, calidad de las pantallas, conectabilidad… Bueno, no todos, porque las baterías siguen siendo un hándicap considerable.

Segunda manoHay una obsolescencia lógica en la medida en que es tecnología que se ve superada en meses y, con suerte, en tramos anuales. Pero esa obsolescencia se divide en la real y física (la del producto superado o con fallos técnicos por degradación) y en la generada por los efectos del consumismo y el deseo de estar siempre en la cresta de la ola de la modernidad del gadget. La segunda no debería darnos problemas, puesto que es un impulso que un adulto sano debería poder controlar si las circunstancias vitales no hacen posible invertir cantidades vergonzosas de dinero en un cacharro que quizás sea solo marginalmente superior al que ya tenemos. O increíblemente superior, da igual. Sobre la primera y cómo se fabrican los aparatos para que se estropeen y degraden en plazos determinados, hay documentación de sobra en internet.

Todo eso en el mundo del hardware, pero el inmaterial reino de los productos culturales y de ocio que consumimos con esos dispositivo no es ajeno a los planes de obsolescencia y está claro que el mercado de segunda mano (e incluso el préstamo) son vistos como problemas por parte de la industria, que tiene por costumbre escudarse en el perjuicio de la piratería para sus arcas a la hora de aplicar medidas restrictivas. En ese sentido, debemos agradecer que haya menos hipocresía en el sector de los videojuegos, pues muchas de las políticas censurables que se han llevado a cabo en los últimos años se han articulado para combatir, abiertamente, la segunda mano.

Tomemos como ejemplo el popular caso de Electronic Arts, una de las compañías del sector del videojuego más grandes del mundo, que creó la iniciativa del pase en línea que han asumido como propia muchas otras empresas (por ejemplo, la europea Ubisoft o la estadounidense THQ). Incluso las fabricantes de consolas, como Sony, se han sumado. THQ llegó a afirmar que comprar de segunda mano era hacer trampas por parte de los consumidores. Esto ha llegado a tal punto que incluso se especula con la posibilidad de que la próxima consola de Microsoft tendría capada, a nivel de hardware, la capacidad para ejecutar juegos comprados de segunda mano. Todo ello gracias a las cuentas de usuario que vinculan los contenidos (con el pase en línea, también los físicos y no solo los digitales) a la persona que ha adquirido el producto, al dispositivo que lo reproduce, e imposibilitan una reproducción total de los mismos por otra persona o en otro aparato. Todo ello para que no bajen sus ventas, como si la compraventa entre individuos (o mediante tiendas especializadas en intermediar en este tipo de transacciones) fuera algo que nació ayer.

Es evidente que la proyección social de internet ha creado la posibilidad de que estos intercambios de segunda mano no se limiten a entornos de población delimitados. A través de páginas web de anuncios, foros, etc., el intercambio o la compraventa de segunda mano es posible a nivel nacional e incluso internacional, siempre y cuando las partes implicadas se fíen la una de la otra o se garanticen suficientes mecanismos de seguridad. La respuesta empresarial es utilizar todas las herramientas a su servicio para controlar esto.

Cuando compro un contenido digital puedo encontrar graves problemas para prestarle ese contenido a alguien, sobre todo porque se ha asociado de manera indivisible con la copia. Es lógico: no me desprendo de un objeto material ni de un conjunto de bytes, sino que los duplico para cedérselos a otra persona que puede estar interesada en escuchar ese disco o leer ese libro. Desde una perspectiva comercial, es poco probable que esa persona compre esos contenidos, pues en sentido estricto ya los posee. También es cierto que si me dejan un libro -físico- y lo leo, lo más probable es que no lo compre tampoco. Ídem para una película, un disco, o lo que sea, salvo si realmente me gusta mucho.

Ese mismo proceso, llevado al terreno enteramente digital, es la base principal del intercambio de archivos, que tantas veces es calificado como piratería desde medios y empresas. Desde luego, entran consideraciones éticas en lo que sucede. Alguien que vea una película que le gusta mucho puede decidir mantener esa copia digital prestada (que, insistimos, ha sido de facto duplicada sin perjuicio para quien la ha cedido), pues ya la tiene, o comprarla. En este caso, lo cierto es que es muy probable que influyan más consideraciones externas (“quiero apoyar al autor”, “soy coleccionista“, “tiene más calidad”, etc.) que la simple necesidad de volver a destinar tiempo de ocio a ese mismo producto.

El libro, fotocopiable, ha sido especial víctima de la persecución irracional de ciertas organizaciones. No sé si se han dado cuenta, pero el papel de las fotocopiadoras suele ser de peor calidad, la tinta se degrada en pocos años, y fotocopiar un libro, al fin y al cabo, apenas tiene ventaja económica sobre comprarlo. Claro que cuando no lo encuentras y no te queda más remedio que fotocopiarlo porque solo está disponible una copia en una biblioteca, en ocasiones hay que hacer encaje de bolillos. Esto nos lleva al problema de la reedición y disponibilidad que trataremos en unos días, así que no vamos a dedicarle más espacio.

En este caso, el sistema de préstamo de libros digitales de Amazon para Kindle es una propuesta interesante, aunque no lo suficiente extendida, ni lo suficientemente cómoda, como para acabar de cuajar. Necesita evolucionar y expandirse para conseguir que sea fácil y eficiente que yo le preste un libro digital a alguien sin tener que dejarle, directamente, todo mi aparato. En mi caso concreto no me supondría un problema (más allá de desprenderme de un dispositivo electrónico de cierto valor, aunque tengo libros a los que guardo mucha más estima) pues a través de la aplicación para iPad, iPhone, ordenador e incluso a través de la web de Amazon puedo seguir leyendo los libros de mi biblioteca.

Debemos comprender que las compañías, al fin y al cabo, quieran garantizar que no se produzca una distribución masiva de sus contenidos, pero resulta estúpido y particularmente molesto para el consumidor comprar uno de esos contenidos y encontrarse con la desagradable sorpresa de que esas supuestas medidas de seguridad contra piratas nos impiden a nosotros -como compradores legítimos- disfrutar y consumir el contenido adquirido. Es una experiencia que he sufrido en libros digitales (y razón por la que sé muy bien en qué librerías en línea y a que editoriales no les compraré nunca nada más; abrazos también a Libranda) y en software (mismas apreciaciones sobre pérdida de clientes para esas empresas). En mi caso, la solución siempre ha sido tener que piratear lo que yo he comprado. Absurdo pero eficiente. ¿Cuántos consumidores se habrán sentido indignados y frustrados por una situación así? ¿Cuántos se han dado contra un muro al ver lo ineptos que son en los servicios de atención al cliente de esas empresas?

Las empresas tampoco deberían confundir su lucha contra la piratería -una lucha legítima- con el recorte de derechos sobre el producto que adquirimos. Se intenta incluso que adquiramos una licencia de uso, es decir, el derecho a disfrutar de un producto, pero no el producto en sí mismo, por lo que podría sernos retirado en cualquier momento mediante la revocación unilateral de esos derechos. La industria -toda ella- está profundamente equivocada al recorrer ese camino, en ver la segunda mano y el préstamo un enemigo que hay que destrozar, pero seguramente solo se darán cuenta cuando nosotros, los consumidores, nos plantemos. Si es que eso llega a suceder.

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