Internet y el deterioro de la lengua

En el ámbito literario y lingüístico muchos son los temores que surgen de vez en cuando en torno al deterioro del lenguaje. Se agazapan y quedan a la espera de que el discurso cíclico, incapaz de avanzar, regrese a ese punto y entonces salta de nuevo en forma de reflexión solo ocasionalmente circunspecta. Una de las últimas repeticiones del tema se la debemos a Javier Marías, quien habla incluso de “batalla perdida”. Yo no sabía que estábamos en guerra, la verdad, pero es también cierto que su último libro -que, claro, está promocionando- va por ese terreno de la reivindicación de la norma estricta.

DRAE
El DRAE, uno de los iconos de la Real Academia Española

Debemos reconocer que, aunque Marías señala con su dedo acusador a los medios (y, en eso, todo sea dicho, no le falta su buena parte de razón), no llega a arremeter específicamente contra internet como la gran destructora del idioma, aunque se me ocurren unos cuantos personajes que no han tenido problemas en hacerlo, incluso de manera recurrente.

De todos modos, dejemos algo claro: Marías (y cito textualmente el mismo artículo de EFE que él recoge en su blog) «no ve bien que la Real Academia Española acabe aceptando ciertas incorrecciones con el argumento de que “están muy extendidas”». Sin embargo, observo que Marías escribe -o dice, o ambas- quizás, por ejemplo, aquí. Pues tengo una noticia rompedora (en el más estricto anglicismo cutre de breaking news): la forma patrimonial es quizá y por analogía con otros adverbios surgió quizás, que, cosas de la vida, es perfectamente válida: toma golpe de DPD. ¿Cómo, que eso fue en el XIX? Pues oiga, lo mismito entonces que  con lo que pueda suceder ahora con cualquier otro cambio, a ver si porque la cagaron y metieron una ese de más hace cien años nosotros no tendremos derecho a hacer la nuestra ahora. También le he encontrado alguna concordancia ad sensum, por la cosa esa de dedicarle unos minutos a Google ya a mala leche, pero la cuestión de fondo aquí es que nadie escribe sin hacer un tachón, solo que algunos borrones antiguos son ahora norma, y ser más papista que el papa es una invitación a que los tiros salgan por una o más culatas.

Lo cierto es que muchos de estos temores se sustentan en los prejuicios derivados de la firme creencia de que el lenguaje se deteriora por su uso en la red (como si esta, en sí misma, fuera la culpable de algo). Esto, simplemente, no tiene por qué darse y, por otro lado, parece que todos esos temores neoluditas surgen de un espíritu normativista (lo que, dicho sea de paso, no tiene que ser malo en absoluto, siempre que haya un sano equilibrio entre lo normativo y lo descriptivo para alcanzar un necesario consenso lingüístico). Se diría incluso que con notable fruición clasicista, y eso sí puede ser menos acertado. Un espíritu, quizá, demasiado anclado en parámetros obsoletos y en temores recurrentes: aquí es donde reside el problema de fondo. Un temor como el que hizo que les temblaran las canillas a los intelectuales del XVIII porque el castellano perdía nobleza y ya no se hablaba según el modelo del Siglo de Oro. Al menos, eso creían apreciar y hubo que correr a hacer un diccionario. Y vieron que el diccionario era bueno.

Tenemos hoy en día perspectiva y corpus idiomático digital -puramente en red- de sobra como para evaluar si realmente se produce un deterioro idiomático (por emplear los términos apocalípticos que tanto gustan a los gagás). Desde luego, hay todo un amplio espectro de rasgos discursivos propios de la cultura digital, componentes ciberpragmáticos{{1}} específicos que adaptan la comunicación a las necesidades y contextos digitales.

Los mismos gritos apocalípticos se llevan bramando desde el principio de los tiempos, pero es un discurso que no se sostiene de ninguna manera, como cuando Verdú anunció la muerte del subjuntivo (que además, según él, es “un tiempo”) y demás majaderías. La diferencia con el resto de los mortales es tiene la mala suerte de que su columna ha pasado a ser un chiste recurrente en las facultades; tanto, que años después de haber pasado por ellas muchos seguimos recordándolo. Esas soflamas nos permiten entrever ideas mal maduradas -o incluso lagunas- entre quienes trabajan con la lengua, para nuestra desgracia. Las lenguas cambian, evolucionan, están en constante alteración de sus usos. Y si no, estaríamos todos hablando latín. O, al menos, castellano drecho.

Uno de los errores más insistentes, y el único que evaluaremos aquí, consiste en que los profetas del fin del idioma es que parecen decididos a ignorar que es preciso  distinguir entre el uso general de la lengua y la variación que esta experimenta en función de los ámbitos y contextos de utilización de la misma; en este caso, el mundo de la informática y las TIC. Ya saben: variación diafásica (y sus primas hermanas la diastrática y la diatópica si se tercian). No es precisamente un concepto rompedor a estas alturas del juego.

De hecho, considerar internet como un medio (en tanto a concederle homogeneidad en forma y formato) es ya un error de base, pues por su función y uso internet es un metamedio (un medio de medios) en el que se han integrado en la actualidad servicios veteranos, como la televisión (a la carta, en pago por visión, gratuita….), la radio (en términos tradicional, en podcast, bajo demanda…), la prensa (las ediciones digitales de los periódicos, los nanomedios nacidos bajo el amparo de la red…), la correspondencia (el veterano correo electrónico es el ejemplo obvio), el teléfono (mediante voz sobre IP, tanto a líneas telefónicas tradicionales como chat de voz puro)… Y otros nuevos -o revisiones muy profundas de viejos sistemas, o nuevas relaciones simbióticas de estos- como el chat, la videoconferencia, o los tuiteos, por citar algunos. Internet es muchos medios en un soporte de distribución informática.

No hay, por tanto, un uso homogéneo del lenguaje. Pretender esto sería como querer asumir que no hay diferencias entre una conversación telefónica con un amigo, un artículo científico en una publicación especializada o una reunión de trabajo. Si asumimos que el contexto, el usuario, el canal de comunicación, y demás elementos influyen en la comunicación (y la calidad de la misma, junto a la calidad del lenguaje empleado) como hemos hecho hasta ahora, no aplicar dichos criterios (y, a ser posible, sin paternalismos) es un error de perspectiva provocado por el temor a lo desconocido. Nada más.

Luchar contra la ignorancia de quienes no pueden comprender esto no es una batalla perdida. Esa es la diferencia entre los humanistas digitales y los neoluditas trasnochados.

[[1]]He tratado el tema por extenso en varios artículos en relación a la enseñanza de lenguas, aunque debo recomendar especialmente la lectura del trabajo de Francisco Yus, Ciberpragmática (2001) y su reciente revisión, Ciberpragmática 2.0.[[1]]

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